sábado, 10 de junio de 2017

LA AMBIVALENCIA CARCOME AL MUNDO

 La ambivalencia aparece como la muerte cuando seres, cualquiera de nosotros, quedan sorprendidos por acontecimientos diarios. En otras palabras, la confusión se hace cargo de envolvernos. ¿O negro o blanco? Cualquiera puede ser como opción, pero de ninguna manera podemos conformarnos con la ambigüedad.
Desde tiempos inmemoriales siempre preferí lo selecto, lo portentoso.- Es decir, antes que un estadio repleto donde nadie se escucha, opté por un espacio donde la palabra, la fluidez y la cordura, se entendieran. Sin embargo, esta aseveración en ningún caso debe tomarse como “excluyente”, muy por el contrario, siempre he estado a favor de la inclusión total en temas de relevancia social, por ejemplo.
Pero en el asunto de la ambivalencia me sigue golpeando el cerebro esta especie de nulidad en la certeza, esta especie de estupidez en que incurren los humanos casi de forma constante. En muchas ocasiones, en muchas crónicas y reflexiones he hecho hincapié sobre este tema. En una de éstas, incluso, recuerdo, puse como ejemplo, el viejo caballo “Ruibarbo” del cuento de Guillermo Blanco, Premio Nacional de Periodismo (Chile), quien ponía de manifiesto el “error de intuición” de ciertos animales. A Ruibarbo tratan de salvarlo para que no lo lleven al matadero. Lo sacan del establo, lejos, muy lejos, para que escape, y sin embargo él, al ser liberado, retorna al sitio de donde lo sacaron. Estos errores me calan hondo, me sofocan, me alertan sobre donde estamos.
Y la ambivalencia tiene costos, y son costos altos. Porque este proceso no permite dar paso a la intuición, y de ahí los costos.
A diario he pensado si es más importante la cantidad a la calidad, y sin pecar de ambivalente, he optado por la segunda opción, porque, en millones de casos, ésta no es masiva. No puedo, en consecuencia, dar cabida a las dos.
Entonces me revuelco esperando que los, él, humano, deje la estupidez y se consagre de una vez por todas a la razón. Es que no se puede seguir permitiendo que lo malo sea igual a bueno, que lo verde sea similar a rojo, lo limpio a sucio, lo alto a bajo, lo fiero a manso. Por lo menos se debe, debemos, rayar la cancha, y darnos el tiempo de entender que existen diferencias notorias, que el mundo debe cambiar para bien, que la mediocridad a que nos ha conducido la ambivalencia debe culminar, y que este globo terráqueo no debe derrumbarse por los malhechores.

Escrito por Carlos Amador Marchant, en 10 de junio de 2017 (Valparaíso)

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