sábado, 26 de agosto de 2017

LOS PATRONES DE FUNDOS






Escribe Carlos Amador Marchant


De manera muy tímida me desplazo, a veces, por campos de la patria. Lo hago en tren por la zona central, y voy observando lo que queda de esos sitios que otrora albergaron una impiadosa vida de patrones e inquilinos. Aún existe, por cierto, esa modalidad de vida, sólo que una gran extensión territorial es ahora acorralada por carreteras que atraviesan los que ayer fueron senderos de caballos, bueyes, mulas.
Desde tiempos de María Graham pasando por la literatura de campo de siglos 19 y primera mitad del 20, pareciera que han desaparecido ciertas costumbres, que más que todo o que nada, han quedado como folclore que arrecian en radioemisoras los días domingo y en horarios de mediodía. Pero esto no es así. Todas las costumbres se mantienen y cierta fiereza también en el trato con subalternos. El campo es campo y es el mismo, aunque a veces se camufle.
Muy niño sentí pasión por historias campestres. Esta cercanía con el verdor está estrechamente relacionada con haber nacido en el desierto. En medio de esas soledades de piedras, siempre, instintivamente, quise ver bueyes, vacas, caballos, burros, aves, carretas y muchos árboles frutales domeñando mis días.
Víctor Domingo Silva, Premio Nacional de Literatura (Chile-1954) y Premio Nacional de Teatro (1959), fue quien me introdujo, en etapa de niñez, en este mundo pasional, seductor y lleno de aventuras. “Golondrina de Invierno”, editada en 1912, por ejemplo, inserta la vida patronal y aquel mundo inventado desde ese orillaje. Vemos a una aristocracia gozar de espacios sosegados donde sólo ruidos de aves, caballos, ríos, y de voces terratenientes, giran al compás de fragancias, de aturdidores amores de clases.
Por esos años, pensando, además, en los primeros libros que caen, terminamos enamorándonos de aquellos personajes, los idolatramos, por dar términos locuaces. Sin duda, en aquellas historias de hacendados no vemos llantos de pobreza, ni siquiera inclemencias de lluvias, menos casas de latones y adobes entre noches frías. Tal vez esto último lo podemos deletrear en obras de Luis Vulliamy, escritor chileno que no debe pasar al olvido.
Y he aquí que me detengo. Fíjense ustedes que en pleno siglo 21 pensé erradicados ciertos comportamientos violentos hacia el oprimido. Muy por el contrario, las prácticas son las mismas, sólo se mantienen escondidas, como expresé al comienzo de esta crónica.
Sometidos al trato inhumano, seres desprovistos de este planeta conocen dos tipos de “látigos”: el fabricado con cuero de animal para azotar; y el látigo de la palabra.
En la década del 80 del siglo 20, en lo más profundo de la espesura, donde la ley aún no llegaba, empresas de caminos iniciaban sus primeras explosiones para hacer ingresar “la civilización” a recónditos sitios del sur austral de Chile. El mundo campesino, mejor dicho el mundo cordillerano, a punto de sucumbir por falta de dinero, participó de durísimos trabajos bajo riscos, en medio de explosiones. Sobrevivieron, pero muchos dejaron sus cuerpos en caminos. Son recordados, en abandonadas cruces.
Sobre un helado lugar denominado “La Arena”, imaginado entre la belleza fría como “belleza de fin o inicio de mundo”, conocí a un tipo esbelto y de gran bigote negro. Era el contador de la empresa, y como tal, guarecía un poder que se da, exclusivo, en sitios como aquéllos.
Ostentaba el apellido Neira, que a la larga era la vestimenta propicia que acompañaba a esa gigante arquitectura. Una tarde iba saliendo del campamento administrativo y consultó por los obreros de caminos. Al darse cuenta que una veintena de ellos se encontraba sobre un montículo barroso (por la interminable lluvia) tratando de echar abajo un caserón en desuso, abrió los ojos dando paso a una mirada demoníaca y, desde su boca, tras inflar los pulmones con los fríos aires del polo, esgrimió: “, ¡vengan acá, MALANDRINES!”.
Tan grotesco y poderoso fue el grito, que rebotó por los cuatro costados de La Arena. Y, curiosamente, pudiendo haber utilizado los apelativos “jóvenes”, “muchachos”, etc., más atractivos para el llamado, éstos en cuatro segundos corrieron hacia él como ganado de corral. Neira, había utilizado el “látigo de la palabra”, traducido como”látigo del horror”.
Otro caso fue en las inmediaciones de Lliu-Lliu, lugar campesino de la Quinta Región chilena. Un joven de ciudad compungido por lo ocurrido, contó que, una mañana fue a visitar a un dueño de fundo muy conocido en la zona por ciertas acciones dentro de sus tierras. La idea fue (ingenua), solicitar en su propia hacienda un aporte a la labor cultural que estaba llevando a cabo en la provincia. Tras tocar el timbre varias veces nunca fue atendido. Al paso de media hora, se abrió el inmenso portal y salieron dos hombres: el chófer y el dueño de las tierras. El muchacho trató de acercarse al propietario y antes que elucubrara una miserable sílaba recibió el vozarrón a manera de puñetazo: “¡qué es lo que se te ofrece, PEÓN”!.
Y eso fue todo.
Entonces entendí que entre los caminos y territorios campesinos, entre haciendas, no hay fantasmas del pasado, sino realidades de un presente activo y altivo.
Y hay un problema que nos golpea fuerte como nación: la discriminación. Más tarde entendí que no somos más que el reflejo de quienes nos crearon. Las preguntas que nacen, son más que obvias: ¿quiénes fueron, en realidad, nuestros padres?. ¿El canto de muchos poetas a nuestros próceres expresa verdades, o es, simplemente, invención histórica?.
Con todo, me sigo paseando, en trenes, por esos lugares llenos de vegetación. Tal vez como buscando el sitio de las contradicciones; tal vez buscando la explicación del por qué la turbulencia de raíces.




Escrito el 26 de agosto de 2017.-

2 comentarios:

  1. Excelente crónica, compañero Carlos. Refleja el peso muerto de una cultura avasalladora que sólo una lectura profunda como esta puede aligerar hacia territorios de la esperanza.

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  2. Como siempre: Carlos Marchant traza su inteligencia en esta excelente crónica.
    Aparte de buen poeta está el excelente articulista.
    FELICITACIONES.

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